Mochileras (Mexican backpackers)
Por Paco Flores. 

Cuando mi madre me dejó al mando de la planeación del viaje junto con mi hermana, no dude
en considerar los hostales (lugares de servicios; baños, camas y anécdotas, compartidas).Pero quien diría que la experiencia las dejaría “traumatizadas”.
Mi hermana tiene la edad suficiente para entrar (ilegalmente) a discotecas y mi madre se sigue “comiendo los años”. Ninguna había estado en circunstancias “mochileras” anteriormente.

Viajamos en autobús desde Madrid hasta Granada, donde nos quedamos en un hostal bastante “fresa” (pijo) a comparación de los que yo había conocido, por ejemplo el de Amsterdam donde me recibieron con una cama llena de vómito y compañeros de habitaciónque parecían salidos de la película de Trainspotting pero sin Ewan McGregor, solamente los “Yonkis”.

Todos quedamos fascinados con Granada, pero extrañamente mi hermana y yo tuvimos pesadillas esa noche. –¿No se te hace raro?, me dijo.

Luego nos fuimos a Sevilla, donde tuvieron que compartir habitación con nada más que señoritas. La expresión en la cara de mi hermana cuando supo esto, fue de pánico disimulado, mi madre estuvo más tranquila y es que en Granada habían tenido habitación privada.
Después de salir de cañas y tintos en la noche flamenca, regresamos al hostal. Les dí las buenas noches en la recepción y cada quien se fue a “su” habitación. Al día siguiente partimos a Cádiz, donde la bomba explotó.

La primer sorpresa fue que había (pendejamente) reservado un hostal a 60 km de la ciudad en el pueblo de Chipiona, la segunda fue que debido a un procedimiento bastante intransigente no podía cancelar la reserva y de igual forma el cargo (de dinero y conciencia) se realizaría.

La tercer sorpresa, fue que no había disponibilidad en ningún otro hostal, entonces la dulce de mi hermana (que enojada es más mortífera que la saliva del dragón de Komodo) me recriminó la ausencia al derecho de “privacidad” en hostales, cosa que me provocó una punzada debajo del cerebelo.

Entonces mi madre, con su característica serenidad, sugirió caminar para encontrar hotel. Sí, “hotel”.

Sorprendentemente encontramos uno que presumía de ser hostal, solamente a unos pocos metros del “ring” callejero donde mi hermana y yo habíamos compartido tiernos deseos.

Ya en la habitación (privada) mirando por el balcón, le dije a mi madre que su instinto maternal había sido el que nos llevó hasta ahí, porque ella sin saberlo nos dirigió a un lugar seguro (con televisión de plasma, aire acondicionado y precio justo). Entonces me contó que en Sevilla habían tenido un ligero percance con una chica asiática que las había mandado a callar con el tradicional “shhh!” al entrar en la habitación.
La verdad me dio un poco de gracia porque me las imaginé ligeramente borrachas tropezando con maletas y cantando “Cielito lindo”. Cosa que obviamente no sucedió, o por lo menos la cantada.
Hoy por la noche partimos a Roma, en donde ya reservé un “Bed and Breakfast” que es la perfecta combinación de privacidad y precio. Al final comprendí que mi hermana y mi madre ya tuvieron suficiente experiencia “mochilera” y que a mi no me caería nada mal un poco de comodidad (y aire acondicionado).